A veces le huimos al silencio porque le tememos a lo que pueda decirnos. Me pasa todo el tiempo: vivimos en una era que nos empuja a estar hiperconectados, donde la soledad se vende como un fracaso, como una condena o un vacío urgente que hay que tapar rápido con ruido, pantallas o presencias apuradas.
Me costó tiempo entender que la soledad no es un desierto, sino un territorio fértil y necesario. Aprendí que hay una gran diferencia entre estar solo y sentirse solo; lo primero lo descubrí como una condición de la existencia, un espacio sagrado de repliegue; lo segundo, en cambio, es la dolorosa certeza de un desamparo.
Para mí, aprender a habitar mis propios silencios está siendo la tarea más difícil y honesta de mi vida. Es ahí, cuando me despojo de los personajes que actúo para el resto, donde me encuentro con mi verdad, con mis grietas y mis deseos más reales. Entendí que si no sé sostenerme a mí mismo, difícilmente pueda sostener un vínculo sano con alguien más; si busco en los demás un refugio para no escucharme, termino usando a las personas como anestesia.
Estar conmigo no es un acto de egoísmo, es el cimiento de mi libertad. Solo cuando aprendo a convivir con mi propio vacío, dejo de exigirle al resto que venga a completarlo.
Al final, el ruido del mundo siempre vuelve a encenderse, pero la pregunta queda flotando ahí, en la penumbra: cuando las pantallas se apagan y el silencio es lo único que queda en la habitación, ¿quién es el que te mira desde el espejo? ¿Un extraño al que intentás esquivar, o alguien con quien finalmente elegís quedarte?




